9 - Mi Oráculo en Delfos

La guía del tour nos reunió a la entrada del área arqueológica.  "Hemos perdido tiempo," nos dijo. "Solamente tenemos treinta minutos aquí."
Mi corazón se cayó al piso. Cómo iba yo a visitar el templo de Apolo, ver el famoso teatro de Dionisio, el estadio, y recibir el Oráculo, en treinta minutos?!
"Necesitamos al menos una hora," grité.
"OK," respondió ella. "Son las doce y quince. Todos en el bus a la una en punto."
Me miró y consentí.

Comencé a subir sólo, sin decir una sola palabra más a nadie.
Pasé la tesorería de Atena, apresurado un poco, y me empezó a dar pánico por el miedo de no tener suficiente tiempo. Así que me tuve que calmar, y lo hice al aceptar que si algo iba a pasar allí realmente, no iba a ser por mi propio hacer. Decidí confiar en el momento y el lugar, tener fé.
Continué entonces ya relajado, con tanta contemplación como pude mantener entre los turistas en el sitio, siempre consciente de la marcha del tiempo.

El templo de Apolo se veía en ruinas pero todavía majestuoso al filo del impresionante Parnasus, fuera de limites para los visitantes. Entendí entonces la importancia de mis palabras: "La montaña ES el templo" la tarde anterior. Me hubiese decepcionado muchísimo si realmente esperaba recibir el oráculo en el templo mismo como era en la antigüedad.

Así que seguí caminando montaña arriba. Cuando me acerqué al teatro de Dionisio, una joven cantaba chistosamente para entretener a algunos turistas sentados en las gradas, quienes esperaban confirmar la acústica famosa de la que todos habíamos escuchado.
Cuando subí a la plataforma nadie me esperó a que haga algo, pero igual sentí la necesidad de crear al menos un sonido.
Me paré en el centro del escenario, y abrí mi boca para a lo mejor cantar una nota y oír cómo es llevada por la suave brisa hacia la cumbre de la montaña. Cuando algo inesperado me frenó, haciéndome ver lo inapropiado de ese acto. Me detuve, de alguna forma supe que no debía hacerlo.
Sentí el ligero viento en mi mejilla, un viento que viene desde muy abajo donde suspira el océano, la misma brisa ancestral que provocaba sonidos para ser llevados a los oídos de aquellos reunidos, conscientes del ritual sagrado al que atendían. La importancia de lo que se dice, y cómo, en un lugar tan especial, fue muy clara entonces, así que no pude hacer ningún sonido. "Es un acto sagrado hablar aquí," pensé.

Me empecé a dar cuenta que la palabra hablada en un lugar de fuerza tiene importancia mítica. Delfos fue un santuario por más de mil años. Allí, si respetamos el lugar, nuestros movimientos y palabras son provocados por un impulso que viene de la Tierra misma. Así que continué mi ascenso, observando todo el tiempo, atento a los colores rojo y naranja, y a las formas de los dos tigres que vi la noche anterior.

Cuando llegué al estadio, muy poca gente estaba en el area, y me encantó el silencio que reinaba.
Tenía muy poco tiempo, cada movimiento habría de ser exacto. Vi el final de la pista al lado opuesto de la entrada, no había nadie ahí. Caminé hacia él, sabiendo que era la parte más lejana en toda la zona arqueológica.

Dí algunos pasos cuidadosos alrededor de las piedras marcadoras, sintiendo el aire en mis poros, en mi cara. Me senté en la piedra más alta y miré a mi reloj. Eran casi las doce y cincuenta, como diez minutos sobrantes, y necesitaba al menos cinco para correr montaña abajo y entrar a tiempo al bus.

Cerré mis ojos y me concentré intensamente, esperando por un suspiro entre mis orejas, una imagen quizás en mi mente, una visión en mi alma. Nada pasó por un rato. De repente, vi un flash de los ojos del Carretero, abiertos y alertas. "Abre tus ojos," me dije a mí mismo.
Los abrí, y vi un padre y su hijo, de como cinco años, caminando hacia mí, conversando en español, mi lengua nativa. 
"Van a romper el silencio, van a ser una distracción," pensé.
Enfoqué mi atención frente a mí, evitándolos, tratando de ignorar su presencia, tan asustado de su interferencia, que no noté los colores que llevaban puestos. Ambos tenían sombreros de safari y shorts beige, y el padre tenía puesto una polo roja, más grande que la del niño, que era anaranjada. De eso me dí cuenta después.  (Esta imagen es una reconstrucción para que lo puedas visualizar).

Ambos se pararon a unos cuatro metros a mi derecha, callados por lo que pareció un largo rato. Debo haber tenido cerca de un minuto nada más, cuando algo extraordinario sucedió.

"Papá," dijo el niño, de tal forma que la palabra sola, su sonido, su vibración, me sostuvo, completamente e instantáneamente. Mi cuerpo estaba literalmente, sí literalmente, sostenido por su voz. Cada molécula de mi ser respondió a él, anonadado, contra mi propia voluntad de ignorarlo.
"Éste es un escorpión," continuó el niño.
"No es un escorpión," respondió el padre, casualmente.
"Yo sé que lo es," afirmó él, con absoluta certeza.
"Entonces ten cuidado que no te pique," contestó el padre, sin ninguna preocupación. 
"Ya me picó," declaró el niño.

En ese instante lo supe, en mis huesos, ése era mi oráculo. Lo supe inmediatamente, no solamente porque la voz del niño, a la cual traté de ignorar, entró en mí posesionándome, y mantuvo mi cuerpo sólido como una roca, algo que yo nunca antes había experimentado para nada. Pero también supe porque yo nací en Noviembre, y siempre he sido orgulloso de ser Escorpión. Me he identificado mucho con este signo, su simbolismo y características, ya que soy en realidad el hombre escorpión universal que describen. El padre del niño sabía que no había un escorpión de verdad, caso contrario no hubiera respondido tan despreocupado como lo hizo.  El niño estaba fantaseando, jugando en su mente, movido a decirlo en voz alta en ese momento, durante ese minuto que me quedaba. Lo que dijo fue mi acertijo, mi adivinanza, la respuesta a mi pregunta: debo dejar mi trabajo?  Yo ya había renunciado, ya había decidido dejar la escuela, pero me pidieron que lo reconsiderara. El oráculo me estaba diciendo: "Tu alma, el escorpión, ya te picó, y ya no hay nada que puedas hacer. Está hecho."

Y entonces, lo más increíble sucedió:
Esas palabras retumbantes fueron seguidas por un silencio absoluto. Moví mi cabeza para mirarles, muy impresionado por lo que acababa de oír y de cómo lo oí, y lo que vi fue simplemente excepcional. 

El padre estaba en cuclillas, muy cerca al niño, listo para tomar una foto sin decir una sola palabra. Su hijo estaba arrodillado en el piso, mirando directamente al lente de la cámara. En el instante en el que yo me moví para mirarlos, el padre inclinó su cabeza para obtener una foto vertical, y al hacerlo cubrió el negro de la cámara y su pelo con su sombrero de safari. La cara del niño estaba cubierta por el sombrero desde mi ángulo. Lo que vi entonces fue Rojo y Anaranjado contra el beige de las piedras y arena del estadio. Sus cuerpos imitaban lo que los tigres en mi visión hacían. Cuando los vi lo supe inmediatamente, eso era exactamente lo que las lineas formaron, no tigres, a los cuales vi porque mi mente tenía que hacer algún sentido de lo que esas lineas formaban. Hubiese sido muy difícil ver las formas de un adulto y un menor y hacer sentido de ellas. Vi los tigres porque son una imagen oriental con la que mi mente estaba familiarizada.


Lo que fue más impresionante para mí es que yo hubiese sabido que las palabras del niño eran mi oráculo, aunque el movimiento de sus cuerpos y sus colores no hubieran sido corroborados por las visiones de la noche anterior.
Fue una sensación indescriptible, la fuerza de su voz apoderándose de todo mi ser, una voz que yo no quería oír. Los dos estuvieron muy callados desde el momento en el que se acercaron a mí. La voz del niño sonó como en el vacío, poderosa y sobrecogedora. Y de pronto, abruptamente, ambos completamente callados, tomando una foto sin decirse ni una palabra.
El instante en el que el niño acabó de hablar lo supe con certeza absoluta, esa era mi adivinanza; fue conocimiento directo, lo cual no sucede muy a menudo. La conexión visual con las claves de la noche anterior fue solamente una impresionante, perfectamente bien coreografiada y planeada, confirmación.

Enseguida tuve que correr montaña abajo y fui la última persona del grupo en subirse al bus, exactamente a la una en punto! Éso fue increíble también, la exactitud dentro del muy poco tiempo que tuve.

Y no terminó así. Otra confirmación todavía más impresionante estaba a punto de cellar la experiencia con broche de oro. Y el hecho de que sucedió en segundos fue lo más anonadante. 
No había dicho mucho a Oscar durante los cinco minutos que nos tomó en el bus para llegar al restaurante. Yo todavía estaba tratando de recuperar mi respiración por la intensa carrera montaña abajo.
Mientras nos bajábamos del bus y caminábamos hacia el restaurante para almorzar, la señora que caminaba justo adelante mío conversaba con la mujer Griega que era la madre de la mujer que me habló en el salón del hotel la noche anterior, quien me dijo acerca de mi nombre.
Le oí preguntar: "Cuál es el nombre de la isla de Onasis?"
'Que pregunta tan trivial,' pensé, 'hablar de celebridades en un lugar como éste.'
"Escorpión,"  la mujer griega respondió.
La palabra me sacudió y mis orejas se pararon. 
"Dijo 'escorpión'" dije en voz alta a Oscar, para hacerlo más real, para confirmarlo conmigo mismo.
En ese mismo instante, ahí y entonces, cuando dije "escorpión" en alto, caminábamos junto al encargado del restaurante, quien estaba parado a la entrada recibiéndonos. Levantó su mano y llamó a un mesero que estaba parado cerca de la puerta. "Yorgo" gritó.  
Las palabras "escorpión" y "Yorgo" fueron dichas casi al mismo tiempo, no más de un segundo aparte! Solamente diez minutos antes el niño había dicho la palabra escorpión, describiendo cómo le había picado (a mí). Yo supe inmediatamente que se refería a mí, a mi alma. Y ahora, la palabra Escorpión era dicha otra vez, al mismo tiempo que mi nombre griego es llamado en voz muy alta, en mi oreja. Cuál es la probabilidad de que algo así suceda, ambas palabras habladas en voz alta, claras, en el mismo instante? Seis personas envueltas? Mujer griega, turista, Oscar, yo, encargado y mesero; sin los seis no hubiese funcionado.
(Esta imagen es una recreación, la foto de arriba muestra a las señoras en la historia, en el centro del grupo).

Si esa señora no hubiese estado justo frente a mí mientras nos bajábamos del bus, yo no hubiera escuchado su pregunta, todos caminábamos en linea. Si la mujer con ella no era Griega no hubiese sabido la respuesta. Si el niño y su padre hubieran tomado dos minutos más para llegar ahí yo ya me hubiera tenido que ir. Si no me hubiese quedado tarde hablando con la familia peruana la noche anterior nunca me hubiera enterado que  mi nombre es Yorgo, gracias a alguien con quien yo no había hablado hasta entonces. Si Susan no estaba sentada adelante mío en el bus, solamente por ese tramo, no me hubiera oído que quería subir a la montaña y no hubiera venido conmigo. Si estaba sólo no creo que hubiera verbalizado que la montaña ES el templo, lo cual fue muy importante para evitar una gran decepción.

Y encima de todo, todo sucedió con tanta exactitud cuando en cada momento tenía muy poco tiempo. Tanta gente envuelta, tantos encuentros que muy fácilmente no pudieron haber ocurrido, un minuto antes o uno después, una persona ausente, o callada, o no escuchada, aquí o allá, y no hubiese funcionado. Para que todo eso suceda de la forma en la que se dio, no se requeriría mucha preparación?

Cuando el encargado llamó a Yorgo, fue una confirmación en voz alta de mi acertijo. Que reiteración!  Cuando pienso en todo lo que tuvo que suceder para que un solo segundo haga sentido, para que la adivinanza sea completa! Yo soy Yorgo, y soy un escorpión, y ya me había picado.  Mi propia mente, mi misma alma, ya habían tomado una decisión. Eso es lo que comprendí cuando lo oí, pero ahora era oficial. Recuerdo en ese momento decirle a... la montaña, "No tenías que hacer eso. Lo entendí ya." Pero ahora, tantos años después, le agradezco infinitamente por haberlo hecho. La confirmación en sí fue un acto final mucho más dramático y supernatural, y fue fascinante vivirlo.

La familia peruana, Oscar, y yo nos sentamos aparte en una mesa más pequeña. Yo levanté mi vaso de vino y dije:  "Soy prueba en vida de que el oráculo es real."
Todos levantaron sus vasos y brindaron, pero nadie me pidió que elabore.

El Baño de Pitia

En la antigüedad, el oráculo se daba solamente en los nueve meses más abrigados del año. Pitia, la sacerdotisa que recibía el mensaje de la montaña, de Pitón, terminaba siempre agotada después de su "conversación" con la serpiente, exhausta y debilitada, así que era algo que no lo podía hacer muy a menudo.

Como parte de sus rituales preparativos, Pitia tomaba un baño ceremonial en el séptimo día de cada mes, y el baño en el séptimo mes era el más importante del año. Todos estos datos los aprendí ya de regreso en casa, después de mi viaje a Grecia.
Estuve ahí por doce días, y el único día en el que me "bañé" fue el Julio 7. Yo soy un nadador, y todos los hoteles en los que nos quedamos tenían piscina, pero nunca me dio ganas de meterme en ninguna de ellas.
Visitamos la isla de Hidra ese día, un par de días después de mi Oráculo. Apenas llegamos, me alejé del grupo para estar solo. Me senté en un restaurante para tomar un cocktail, y después de ver el azul tan intenso del agua, casi hipnotizado por la saturación de su tono, caminé hacia él como un autómata. Dejé mis zapatos, cámara, y ropa en una piedra, y me zambullí hasta el fondo del mar. Me sorprendió cómo me quedé sumergido ahí, como cuatro metros bajo el agua, completamente en calma, por un tiempo mucho más largo que creí posible.

Había algo muy especial acerca de esa sumergida, aunque no pude pensar mucho en ello entonces. Cuando ya en casa en New Jersey, leí que el baño más especial de Pitia era el séptimo día del séptimo mes, así que busqué mi itinerario del viaje y fue, efectivamente, Julio 7 cuando fuimos a Hidra, fue ese el día en el que me clavé al agua de forma tan inusual. No nadé, floté de muchas formas, me bañé, lo cual definitivamente no es mi estilo.

Aunque yo sé que no soy una Pitia, fui yo quien recibió el oráculo directamente, y como ella, tuve que recuperar mi respiración, aunque haya sido porque tuve que correr montaña abajo para llegar al bus a tiempo. Yo sé que todos son símbolos, nada más, pero tienen una belleza enorme cuando se suman como palabras precisas en un poema muy especial.

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