Desde que leí hace muchos años la descripción de Platón acerca de Sócrates y el Oráculo de Delfos, yo quise ir. Yo estaba convencido de que el oráculo me hablaría a mí también. Era un adolescente entonces, así que era fácil soñar así, pero no fue hasta que tenía cuarenta años cuando finalmente pude ir. Me había imaginado a mí mismo entrando en un templo abierto, más como el de Atena, redondo, que el de Apolo, sobre una loma cerca al océano. Me imaginé la respuesta a mi pregunta viniendo a mí, brazos extendidos, cabeza hacia arriba, ojos cerrados, en la suave brisa de un viento marino, entrando directamente en mi mente, y corazón. Yo no sabía entonces de la institución en Delfos, sus sacerdotes y Pitia, sus reglas y tesorerías, que asemejan más una religión organizada que un lugar poderoso en la Tierra. Cuando aprendí, después de llegar a Grecia, que el oráculo en el pasado se daba dentro del templo de Apolo, me imaginé entonces parado en sus ruinas mirando hacia el enorme...